Los Conversos: Criptojudíos y criptomusulmanes
La discriminación de que fueron objeto los judíos les impedía la práctica de ciertas profesiones o se veían obligados a vivir recluidos en determinados barrios. Para escapar a todo esto, el judío se convertía, se bautizaba, se hacía cristiano. Dejaba oficialmente de ser judío, pero no era del todo cristiano, o al menos no se le daba esa consideración. Ahora era un judeoconverso, podía acceder a las profesiones y al modo de vida que estaban vedados a sus antiguos compañeros, pero seguían bajo sospecha. ¿Por qué esta sospecha? Muy sencillo. A los judíos del siglo XV les ocurrió como a todo aquel que abandona una práctica muy arraigada. Permítaseme, para explicarlo llanamente, establecer un símil caprichoso, pero de mucho sentido, como se verá más tarde. Pensemos en un fumador compulsivo que deja de repente el tabaco, tan denostado en nuestros días. Los hay de tres tipos:
Primero: el que lo deja sin más y acoge su nueva condición de no fumador con verdadera fe y sin salirse ni un ápice de la senda recién inaugurada. No hay fanatismo en él. Es un señor que simplemente ha variado sus costumbres, pero que no hace causa propia de su nueva situación. Ya no fuma, pero deja que los otros fumen.
Segundo: el fumador débil que lo deja pero que no lo deja del todo. Es aparentemente un exfumador, y así lo grita a los cuatro vientos, de cara a la galería, pero en la realidad más real, amparado, oculto en el secreto de un cuarto de baño, sin que nadie lo vea, no puede evitar encender de cuando en cuando un inocente pitillo para ensancharse los pulmones o calmar su ansiedad. Es el último, se dice el fumador para convencerse. Mañana lo dejo, se dice hoy para apaciguar su conciencia. Pero mañana volverá a decirse lo mismo.
Tercero: por último, el campeón de los ex fumadores, aquel individuo voluntarioso que no sólo ha vencido al tabaco, sino que, convencido de su buen obrar, ahora quiere que todo el mundo le siga y también lo deje. Se convierte en un auténtico luchador antitabaco, un perseguidor de fumadores, un fanático que polemiza duramente porque él sabe mejor que nadie lo que es eso, lo terriblemente malo que es para la salud, y desea, por el bien de la humanidad, que desaparezca la lacra de los fumadores de la faz de la tierra.
Habría quizá un cuarto tipo, que puede pero no debe confundirse con el primer tipo reseñado. Se le parece pero no es igual. Se diferencia de aquél en que no vive su nueva condición con fe. Es el hombre pacífico, inteligente, escéptico, rara avis que deja de fumar y sigue su vida como si tal cosa, como si no hubiera pasado nada. Es el que nunca le dio importancia a ser fumador, y por tanto ahora no le da importancia a no serlo. Tales casos son rarísimos, nunca hablan del tema, y por ese motivo nos referimos a ellos en un aparte. Es el que se muestra indiferente a su nueva realidad de ex fumador, porque es cierto que lo es, de no fumador o, por utilizar una expresión caprichosa, pero históricamente exacta y correcta, de criptofumador en la consideración de los otros, pero no en la suya propia.
Lo mismo ocurrió con los judíos que se convirtieron al cristianismo. También entre estos judeoconversos se dieron las cuatro posturas; hubo quienes abrazaron el nuevo credo con auténtica fe; hubo quienes se llamaban cristianos pero seguían profesando la ley mosaica; hubo escépticos descreídos que no eran ya ni cristianos ni judíos, el cuarto tipo; y hubo, como es inevitable, quienes, habiendo sido judíos, ahora serán más cristianos que Cristo. Y por cierto, se me ocurre recordar ahora un viejo, pero inteligentísimo argumento esgrimido por los auténticos conversos que se encontraron injustamente perseguidos por el desprecio de los más fanáticos cristianos: ¿no fue Cristo, acaso, el primer converso? ¿No fueron los primeros cristianos los primeros conversos? ¿Hay alguien que pueda negar que los primeros seguidores de Cristo fueron primero judíos y sólo después cristianos?




