Los Conversos: Criptojudíos y criptomusulmanes
Son sólo algunos ejemplos, cuidado, pero hay más, por supuesto. Si algo sobra en esta tierra son los ejemplos que demuestran que lo que hoy llamamos España surgió de un intercambio mutuo de saberes como quizá no se volverá a repetir nunca. Pero se me ocurre ahora, a bote pronto, una última muestra; un viejo proverbio medieval español afirmaba: "A más moros, más ganancia". ¿Por qué? Porque los moros, económicamente, dependían de los grandes señores castellanos, cristianos viejos, que obtenían pingües beneficios de las actividades artesanales de los mudéjares, que también eran duchos en las artes de la huerta y el cultivo de árboles frutales, en tierras de regadío.
Ahora bien, esa convivencia de la que hemos hablado se empezó a quebrar a mediados del siglo XIV, época terrible de hambrunas, guerras y pestes. Y ya se sabe que cuando el mal aprieta se buscan culpables de modo absurdo. ¿Por qué Dios nos envía estas desgracias?, debía de preguntarse la gente ignorante del trescientos. ¿No será porque en nuestra tierra hemos admitido a los judíos que mataron a Cristo y a los moros que lo ignoran? Y aún más, ¿no viven casi mejor ellos que nosotros en esta tierra destinada a convertirse en salvaguardia del cristianismo? Se unió así el fanatismo religioso con dos lacras que van a constituir un continuum en la vida española, a saber: la idea política de la unidad geográfica bajo una misma autoridad civil y una única autoridad religiosa, y la secular plaga del dolor por el bien ajeno, es decir, el histórico sentimiento de la envidia, tan español.
Hasta entonces, los judíos se habían integrado en buena parte de la burguesía ciudadana, eran tenderos y artesanos; durante siglos vivieron bajo el amparo de los reyes, a quienes sirvieron como funcionarios. Muchos fueron secretarios y administradores de los bienes de la nobleza, tras demostrar una especial aptitud en todo lo referente a la gestión de las riquezas. En algunas profesiones, como la medicina, ejercerán casi un monopolio.
En cuanto a los moros, su población se dividía por igual en zonas urbanas y rurales, concentrándose, sobre todo, en el este y el sur peninsular, aunque también en Aragón y Navarra. Eran artesanos y horticultores, motivo por el cual, cuando el desprecio racial sea generalizado, se tenderá a la parodia y a considerar que el moro y el descendiente de moro era un perverso comedor de berenjenas y otras verduras, frente al castellano viejo, que será aquel que no desprecia los manjares que provienen del cerdo, tan sabroso. Es más, los primeros conflictos con los moros fueron piques entre el labrador cristiano y el agricultor musulmán que se hacían la competencia mutuamente.
Será a mediados del siglo XIV cuando comiencen las primeras persecuciones contra moros y judíos, pero sobre todo contra estos últimos, estallando una verdadera ola de violencia en 1391, año en el que se asaltan gran parte de las juderías de Castilla y Aragón, con el consiguiente asesinato de sus moradores. Como se comprenderá fácilmente, siempre hubo conversiones en España, ya fuera por interés o por convicción religiosa, pero a partir de este año aumentó su número en gran medida.
Otra reflexión a vuela pluma nos sugiere lo ya dicho: ¿Por qué es típicamente hispánico el fenómeno converso? ¿Por qué en ningún otro lugar de Europa se dio ese fenómeno tan masivamente como aquí? Respuesta: porque tampoco antes, en ningún otro lugar de Europa, se había vivido una tolerancia tan arraigada entre las tres culturas. ¿Por qué se dio el quiebro de esa tolerancia? Ya lo hemos dicho, pero lo repetiremos para que no quede la menor duda: por la idea política de la unidad geográfica bajo una misma autoridad civil y una única autoridad religiosa, idea que quedó reforzada con el advenimiento al poder de los Reyes Católicos.
Ahora bien, los Reyes Católicos se encontraron con un país en conflicto, desordenado en la cuestión religiosa. Sería absurdo, como han hecho algunos historiadores de mirada más bien corta, achacar la responsabilidad de la represión únicamente a Isabel y Fernando. Para entonces, el español del siglo XV era ya un español fanatizado en lo tocante a la religión cristiana. El desprecio al judío y al moro provocó conversiones masivas, dándose así un trasvase social acelerado desde el judío al judaizante, judeoconverso o criptojudío, y también del moro al morisco o criptomusulmán. Pero detengámonos un buen rato en el fenómeno judaizante.




