Las Brujas: Una orgía de destrucción
La situación comenzó a cambiar con el papa Juan XXII. En 1320 promulgó la bula Super illius specula, donde estimulaba a los inquisidores para que buscaran nuevos, y más radicales, métodos de represión. A este pontífice le debemos la abolición de toda distinción entre la herejía y la brujería. Fue Juan XXII quien determinó que fuese actividad inquisitorial la búsqueda, persecución y exterminio de las brujas. Por los mismos años, el famosísimo inquisidor Bernardo Gui, daría a conocer su Práctica Inquisitionis Haereticae Pravitatis, libro para uso de inquisidores, y donde ya aparecía la hechicería como crimen que debía atajarse de raíz. En 1376, Nicolás Eymerich escribiría el no menos célebre Directorium inquisitorum, el más renombrado Manual de Inquisidores de la época, que no dejaría de reeditarse hasta el siglo XVII, y donde se daban por ciertas todas las fantasías y elucubraciones mentales, de una perversidad sin parangón, que se decían de las brujas.
No obstante, no eran más que los prolegómenos. La Iglesia Católica sólo estaba calentando motores. Tal y como nos confirma Lea en su fundamental libro La Inquisición en la Edad Media, la persecución que se llevó a cabo entre los siglos XIII y XV no fue más que un preludio a "las ciegas y disparatadas orgías de destrucción que infamaron el siglo y medio siguiente. Parecía como si la cristiandad hubiera echado raíces en el delirio".
El paso definitivo lo daría el Papa Inocencio VIII. Con él, acabaría siendo traicionada la tradición de la Iglesia que condenaba la superstición. Las palabras de San Pablo fueron olvidadas. A las condenas de San Agustín les darían un nuevo uso. A partir de Inocencio VIII, a la Iglesia de Roma le convino que los fieles creyeran en las supersticiones. En diciembre de 1484 se promulgó la bula Summis desiderantes affectibus. Con ella, la brujería comenzó a ser una realidad temible. Dos años más tarde, en 1486, el Sumo Pontífice le otorgó su suprema autoridad a dos dominicos psicópatas y sanguinarios, Heinrich Kramer y James Sprenger. Por orden del Papa escribieron el Malleus Maleficarum, el Martillo de las brujas, e iniciaron el verdadero desconeje en Alemania, y que se extendería por toda Europa. Este libro fue un auténtico best-séllers del momento, y durante tres siglos fue lectura obligatoria de inquisidores y jueces. Como bien dejó dicho el teólogo Peter de Rosa en su fundamental y heterodoxo libro Vicarios de Cristo:
"En la actualidad, es un libro de cabecera para informarse acerca de las penalidades impuestas a las brujas. Contiene un corpus teológico completo sobre hechicería que resulta insuperable por las insensateces presentadas como análisis científicos.
Durante tres siglos se halló en el estrado de todo juez, sobre la mesa de todo magistrado. El prefacio de las numerosas ediciones de esta obra repleta de perdición era la bula de Inocencio VIII".
Como curiosidad, queremos dejar dicho que en España, y pese a la justa fama que tuvo la Inquisición española como institución depravada, la caza de brujas fue mucho menor que en el resto de Europa. Aunque también hubo casos, la Inquisición española estuvo siempre más interesada en reprimir otro tipo de manifestaciones heterodoxas, como el criptojudaísmo o el protestantismo. Tendremos ocasión de verlo más adelante. De hecho, hasta 1582, la nigromancia y la astrología fueron materias que se impartían en las universidades españolas. Aquí, la brujería y la hechicería, salvo algunos casos muy puntuales, no acabaron de ser consideradas como formalmente heréticas, pues se consideraba que su práctica no cuestionaba el dogma religioso imperante ni el poder de la Iglesia.




