Cuentos de Hadas: Thomas O’Connoly y la banshee

¿Que si he visto una banshee? Bueno, pues sí, señor, como estaba tratando de decirle, un día estaba volviendo a casa del trabajo (de casa del tal Cassidy, del cual ya le he hablado) y estaba comenzando a oscurecer. Tenía algo más de una milla —casi dos— de caminata hasta donde me estaba alojando, que era en la casa de una viudita que conocía, que se llamaba Biddy Maguire, la cual había elegido por estar cerca de mi trabajo. Transcurría la primera semana de noviembre. La carretera que todavía me faltaba recorrer era solitaria y oscura, debido a la gran cantidad de árboles que la cubrían; a mitad de camino había un pequeño puente que uno tenía que cruzar si quería evitar los pequeños arroyos que iban a parar al Doddher. Yo me encontraba caminando por el medio de la carretera, ya que en aquellos tiempos no había sendero alguno para transeúntes, mi señor Harry, ni tampoco los hubo hasta mucho tiempo después. Pero, como le estaba diciendo, continué caminando hasta casi llegar al puente, lugar en donde la carretera se ensanchaba un tanto, y desde donde podía ver bastante bien el puente y la peculiar forma que éste tenía, como la espalda de un cerdo (se mantuvo allí por mucho tiempo, antes de ser derribado), rodeado de una niebla blanca que desplazaba su densidad en derredor y que era creada por el agua del arroyo. Pues bien, señor Harry, aunque eran incontables las veces que había pasado yo por aquel lugar, aquella noche me pareció muy extraño, como un sitio salido de un drama. Mientras me iba acercando cada vez más al puente, comencé a sentir un viento frío que soplaba a través de mi corazón. —Caramba, Thomas —me dije a mí mismo—, ¿eres tú aún? Y, en caso de ser tú, ¿qué demonios está pasando contigo? Entonces, hice acopio de todos mis esfuerzos para dar los pasos que todavía me faltaban para llegar al puente. Y allí, ¡que Dios nos bendiga a todos!, vi a una anciana en la parte superior de la barbacana, sentada —según me pareció— sobre sus tobillos, completamente ensimismada, con la cabeza inclinada, denotando una profunda aflicción. Bueno, en ese momento me dio pena la pobre criatura y pensé que yo no valía nada debido al miedo que me atenaceaba; así que, juntando valor, me acerqué y le dije: —Este es un sitio demasiado frío para usted, señora. Pero la pobre anciana estaba sumida en la más profunda de las penas, ya que no me prestó nada de atención, a tal punto que creí que no había oído ninguna de mis palabras, al tiempo que continuaba su movimiento de vaivén hacia adelante y atrás, y parecía que su corazón se estaba rompiendo en pedazos; en ese momento le hablé nuevamente: —¡Oiga, señora! —le dije—, ¿podría decirme qué le pasa? Tal vez yo pueda serle de ayuda. En el preciso instante en el que iba a poner mi mano en su hombro, me planté en seco, ya que, al mirarla más de cerca, pude ver que ya no era una anciana, del mismo modo en que tampoco era un gato viejo. Lo que noté en forma inmediata, señor Harry, fue su cabello, que le manaba incluso por encima de los hombros y se arrastraba por el suelo hasta un metro alrededor de ella. Fuera lo que aquello fuese, Harry, ¡eso definitivamente no era su pelo! Jamás había visto semejante cabellera en una mujer mortal, joven ni vieja, como tampoco había jamás oído hablar de algo parecido. Crecía con tanta fuerza de su cabeza como podría hacerlo de la más vigorosa de las muchachas que jamás habéis visto; pero su color era un misterio aparte. A primera vista me pareció que era de un color grisáceo plateado, tal y como el de una vieja; pero al acercarme más a ella noté que era una especie de color rojo, aunque no sé si sería el reflejo del cielo, y emitía un fulgor como el de una seda floja. Llovía sobre sus hombros y por sobre dos muy bien proporcionados brazos en los cuales apoyaba su cabeza; podría decirse que parecía una imagen de María Magdalena.