Cuentos de Hadas: Elidor y los elfos de st. Davis

Hacia mediados del siglo X, cuando Inglaterra estaba gobernada por Henry I, vivía en la región de Gales, en el condado de Carmarthenshire, un niño llamado Elidor, que estaba siendo educado para clérigo. Todos los días concurría puntualmente —obligado por su madre, por supuesto— a la celda del monje Brock, donde aprendía sus primeras lecciones, como así también a leer y escribir. Sin embargo, Elidor era un pequeño muy haragán y perezoso, y tan pronto como le presentaban una nueva enseñanza, se le olvidaban las anteriores. Con esa actitud, consiguió exasperar al monje Brock, quien pidió ayuda al abad del monasterio que, a su vez, le respondió con un viejo axioma de los antiguos educadores, que dice: "Quien escatima una zurra, echa a perder a un niño". Así que, cuando Elidor olvidaba una lección, sus maestros procuraban reanimar su memoria con una buena azotaina. Claro que, al principio, comenzaron usándola de vez en cuando y con delicadeza, pero el niño resultaba un hueso difícil de roer, por lo que los azotes se hicieron cada vez más frecuentes, mas dolorosos y más prolongados, hasta que Elidor, cumplidos ya los doce años de edad, decidió no soportarlos más y, esa noche, en vez de regresar al hogar, enfiló directamente hacia los bosques que rodeaban St. Davis, y se internó en la profunda espesura. Tan pronto como hubo andado unos cientos de yardas, comprendió que se había extraviado, y anduvo vagando durante dos días completos con sus largas noches, sin otro alimento que frutos de zarzamora y bulbos de dill,que recogía con sus propias manos. Al cabo de ese tiempo, se encontró repentinamente junto a la boca de una cueva, en la ladera de una escarpada montaña, y allí se dejó caer sobre la suave hierba, agotado y hambriento. De pronto, de la entrada de la gruta surgieron dos hombrecillos diminutos, que se dirigieron a él en estos términos: —¡Hola, humano! Ven con nosotros y te conduciremos a la Tierra de los Elfos, donde todo es juego y diversión, y nadie conoce el aburrimiento ni la tristeza. —Y Elidor, reanimado al instante, como por arte de magia, como en realidad había sido—, se levantó cual un resorte y marchó junto a sus nuevos amigos; primero caminaron por el pasaje subterráneo, sumido en las más absolutas tinieblas, al que conducía la boca de la cueva, y luego a través de una hermosa campiña, surcada por fantásticos ríos y cascadas, a cuyos márgenes se extendían prados verdes y ondulados, tan bellos que Elidor no podía dar crédito a sus ojos. Un solo defecto pudo notar el niño en aquel paisaje: el cielo se encontraba permanentemente nublado y allí no podían verse el sol, ni la luna, ni las estrellas por la noche. Sin detenerse, pero sin que Elidor sufriera el más mínimo cansancio, los jóvenes elfos lo condujeron ante el trono de Oberón, el rey de los elfos y otras "gentes pequeñas", quien le preguntó de dónde había venido y con qué propósito. El niño le respondió con toda sinceridad, y el rey le dijo: —Vivirás con mi hijo, compartirás con él sus juegos y su educación, y lo servirás en todo lo que te pida—; luego agitó la mano en señal de despedida. Resultó ser que el hijo de Oberón no era otro que uno de los dos elfos que lo habían guiado hasta allí, de nombre Arrgh, con el cual Elidor había hecho muy buenas migas, por lo que no le costó nada su tarea de acompañante del hijo del rey, máxime porque éste gozaba de muchas prebendas y beneficios, que se hacían extensivas a él por ser su amigo y camarada. Así aprendió los principales trucos de los elfos, participó de todos los juegos y deportes que ellos practicaban y que eran su principal ocupación, y trabó relación con otros integrantes de la "gente pequeña", como hadas, silfos y otros "elementales", como ahora los conocemos. Si bien los elfos eran muchos más pequeños que él, no eran enanos, pues todos sus miembros estaban perfectamente proporcionados a su cuerpo, y no eran nudosos o deformes como los de los leprechauns, por ejemplo. El pelo de la mayoría de ellos era rubio o pelirrojo, y caía sobre sus hombros, escapando de sus graciosos gorros puntiagudos de color verde, como toda su vestimenta.