Cuentos de Hadas: El viudo feérico

No hace muchos años, había una muchacha muy bonita llamada Jenny Permuen que vivía en Towednack. Sus padres eran pobres, y ella servía. Había mucho de romántico -o de lo que los viejos llamaban tonterías- en Jenny. Siempre iba elegantemente vestida y sabía ponerse flores silvestres en el pelo con mucha gracia. En consecuencia, Jenny llamaba mucho la atención a los jóvenes y, también en consecuencia, daba mucha envidia a las otras muchachas. Jenny, sin duda, era presumida; y su vanidad, cosa que la mayoría de las personas presumidas dirán que no es usual, iba acompañada de una gran debilidad respecto a cualquier cuestión relacionada con su persona. A Jenny le encantaba que la adularan, y, siendo una muchacha pobre y sin educación, carecía del genio necesario para disimular su fragilidad. Cuando algún hombre le decía que era bonita, ella admitía la verdad de esa afirmación con su aire complacido. Cuando alguna mujer le decía que no fuera tan tonta de creer esas tonterías, sus labios, y también sus ojos, parecían decir: «Me tienes envidia», y si había cerca un estanque, el espejo de la naturaleza era inmediatamente consultado para demostrarse a sí misma que ella era realmente la muchacha más guapa del lugar. Pues bien, un día Jenny, que había estado sin trabajo durante algún tiempo, fue enviada por su madre a los pueblos de más abajo para que «buscara una colocación». Jenny siguió su camino bastante alegre hasta que llegó a la encrucijada de Lady Downs, donde descubrió que no sabía qué camino debía tomar. Miró primero hacia un lado y luego hacia el otro, y se sintió bastante confusa, por lo que se sentó en una piedra grande de granito y empezó, sin saber qué pensar, a romper las bellas frondas de heléchos que crecían en abundancia alrededor del lugar que había escogido. Es difícil decir cuáles eran sus intenciones, si seguir adelante, regresar, o quedarse donde estaba, tan indiferente parecía Jenny. Algunos dicen que estaba completamente perdida en sueños locos de autoglorificación. Sin embargo, no hacía mucho que estaba sentada en aquella piedra de granito cuando, al oir una voz cerca de ella, se giró y vio a un hombre joven.
«Bien, jovencita» -dice él-, «¿qué estás buscando?»
«Busco una colocación, señor» -dice ella.
«¿Y qué clase de colocación buscas, mi guapa muchachita?» -dice él, con la sonrisa más cautivadora del mundo.
«No soy muy exigente, señor» -dice Jenny-; «puedo ser útil en cualquier cosa».
Dice el desconocido: «¿Crees que podrías cuidar de un viudo con un niño pequeño?»
«Me gustan mucho los niños» -dice Jenny.
«Muy bien, pues» -dice el viudo-, «deseo contratar por un año y un día a una joven de tu edad para que cuide de mi niño».
«¿Y dónde vivís?» -preguntó Jenny.
«No lejos de aquí» -dijo el hombre-; «¿quieres venir conmigo y verlo?»
«Si el señor quiere...» -dijo Jenny.