"0uija", el telégrafo de los muertos

Funciones terapéuticas
No deja de sorprender, a este respecto, un hecho sumamente atractivo: los «espíritus», frente a una persona moralmente herida, suelen a veces mostrarse con una elegancia y una delicadeza extraordinarias, encontrando los términos justos y apropiados para ese momento y esa persona. Lo que apuntamos a continuación no es posible probarlo científicamente, pero a la vista de esa patente y tangible «humanidad» estamos tentados a creer que esos «amigos» invisibles son algo más que una simple treta del inconsciente. Si bebo un vaso de agua y eso me sacia la sed, ¿me empecinaré en afirmar que el agua no es más que la manifestación de un secreto impulso no claramente delimitado en las áreas numinosas de mi mente?... Las zonas afectivas del ser humano tienen razones que la razón desconoce.

Si el parapsicólogo abandonara sus prejuicios, olvidara sus lecturas y tratara de recobrar cierta inocencia perceptiva, las sesiones de «ouija» le proporcionarían, con toda seguridad, motivos más que suficientes para replantearse de arriba abajo sus teorías mecanicistas. Porque en tales sesiones suelen aparecer con bastante frecuencia toda clase de fenómenos de tipo paranormal. Clarividencia, telepatía, telequinesia, precognición, xenoglosia... Puede afirmarse sin temor a pillarse los dedos que prácticamente todos los fenómenos considerados como paranormales se dan o pueden darse en este tipo de sesiones.

Esto es muy digno de tenerse en cuenta, ya que, según los conocimientos esgrimidos por la parapsicología más o menos «académica», los fenómenos paranormales son raros y poco frecuentes. Pero no ocurre así, y esto es lo sorprendente, en sesiones llevadas a cabo por gente ya habituada.

Ser invitado a participar en alguna les aseguro que es una experiencia inolvidable... La práctica hace que las actitudes de los participantes sean desinhibidas y que no haya, por tanto, condicionamiento de tipo ansioso o de emociones negativas. Nada hay de esas tenebrosidades y ritos más o menos satánicos a que nos tiene acostumbrados cierta clase de mala literatura. Por el contrario, cualquiera que sorprendiera a los reunidos durante la sesión se imaginaría estar entre un grupo de amigos que juegan al mus.

Sólo que en vez de las cartas hay, sobre la mesa, una copa puesta boca abajo y un círculo de números y letras. Pero mientras los participantes están poniendo los dedos sobre la mesa, con la otra mano sostienen un cigarrillo o un vaso de güisqui.
Sea lo que fuere, lo que sí parece claro es que no en todas, pero sí, tomando por bajo, en el veinte por ciento de las sesiones, no cabe descartar la hipótesis de que se establece «diálogo» con alguna individualidad, con «alguien» que tiene su propia personalidad, independiente de las personalidades de quienes asisten a la reunión. «Alguien» que, en definitiva, tiene sus propios conocimientos, sus  propios mecanismos de pensamiento y, por tanto, su propia manera de pensar.