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Magia y terror de las psicofonías

El grabador de sonido no se inventó para recoger las voces de los «espíritus». Sin embargo, cierta parte ominosa de la realidad vino a burlarse del rigor «científico» y, contra todo pronóstico, utilizó los instrumentos de la técnica más avanzada... Así nacieron las psicofonías.
Lo terrorífico de las psicofonías -—aparte del contenido de ciertos mensajes— consiste precisamente en que la misteriosa fuerza que las provoca usa para manifestarse algo tan alejado del gabinete del brujo o del alquimista como una cinta magnetofónica. En ese mismo hecho reside igualmente el poderoso atractivo de su magia, a la que nadie, por muy fanático o es-céptico que intente parecer, puede sustraerse. Hablad a un espiritista de psicofonías y veréis cómo, lleno de arrobo, pondrá los ojos en blanco. Macedlo con un ingeniero de sonido y observaréis que, tras negar furiosamente la evidencia de los hechos comprobados, manifestará síntomas de la más absoluta crispación. A unos y otros les vendría bien fijar su atención en el célebre paradigma de un ilustre parapsicólogo, el alemán Hans Bender: «Tanto la credulidad como el excepticismo son formas de la misma superstición.»
Los hechos, en definitiva, son los únicos que cuentan, y a ellos nos ceñiremos en las páginas siguientes.
Los investigadores psíquicos de finales de siglo pudieron constatar que en el curso de algunas sesiones espiritistas o mediúmnicas, casi siempre en la oscuridad, podían obtenerse voces moduladas y pasajes melódicos de rara belleza. Aquellos metapsiquistas denominaron a tal fenómeno «Voces directas», atribuyendo tales emisiones sonoras a las entidades espirituales.
El doctor Reid Clauny, director del Hospital de Sunderland (Gran Bretaña), refiere a William Howit (History ofthe Super-natural, Vol. II, pág. 450) el caso de una adolescente que padecía un cuadro de neurosis histérica. A consecuencia de ella, la pequeña sufría un bloqueo de etiología psicosomática de las funciones visuales y auditivas. Su capacidad fonética estaba tan disminuida que prácticamente su familia la consideraba sor-do-muda.
Los hechos ocurrían en 1839, una época en que la terapéutica abusaba de las sangrías y los vejigatorios. La prescripción exagerada de los mismos había agravado su estado general.
Una tarde entró en la sala el médico de guardia junto con su ayudante y las enfermeras, recomendando de nuevo otro emplaste vesicante. Se encontraban allí los padres de la enferma.
En ese momento se escucharon unos golpes fortísimos, como mazazos, que percutieron sobre los tabiques. Éstos redoblaron su frecuencia e intensidad en el instante en que la cataplasma fue aplicada a la epidermis de la niña que, mientras tanto, se debatía angustiada en su lecho. Pero lo que dejó estupefactos a todos los presentes fue una voz extraña que recomendaba abandonar el tratamiento y dejar a la Naturaleza operar por su cuenta. Los días siguientes continuó escuchándose la voz brindando sus consejos clínicos, sin que el personal del establecimiento lograra identificar su origen. El doctor Clauny asegura que su enfermita superó el cuadro que le aquejaba a los ocho meses de los hechos citados.
Un pastor de Edimburgo se encontraba con su esposa («Diario de la SPR», marzo 1897) charlando tranquilamente en el salón de su hogar. El reverendo W. se sobresaltó al ver cómo aquélla se erguía asustada. Ella aseguró que acababa de escuchar una voz desconocida que la apremiaba: «Envía a alguien a recoger a tu hija si no deseas que le ocurra una gran desgracia...».
En principio no concebía qué clase de peligro amenazaba a la niña. Ésta correteaba por el jardín y por un momento se preguntó si tal riesgo pudiera proceder de algún perro rabioso. Cavilando este extremo se hallaba cuando la voz reiteró su advertencia. Angustiada, envió a una sirvienta para que fuera inmediatamente a recogerla. La pequeña estaba jugando a unos tres metros de una vía de ferrocarril. Una cerca de tela metálica impedía que ella pudiera acercarse hasta allí, pero la empleada recogió a la niña, según las instrucciones de su señora. No había transcurrido una hora cuando se oyó un horrible estrépito. Un tren descarriló precisamente en aquel área y alguno de los vagones se precipitaron por el terraplén, destruyendo un gran tramo del vallado que separaba el jardín de la línea.
Don Javier S. nos relataba así su experiencia, que transcribimos de una cinta grabador de sonidoica: «Yo me había quedado viudo en el 52 y residía en Alicante con mis dos hijas: Mercedes y María Victoria. En noviembre del 70, me acordaré siempre, Merche tuvo que desplazarse a Madrid para un asunto de sus oposiciones. Ella había estudiado en el conservatorio y era la única que tocaba el piano que teníamos en el salón. Aquella mañana nos encontrábamos Mariví y yo desayunando en el cuartito anejo a la cocina. Yo estaba apurando impaciente la taza de café, pues se me había hecho tarde. En ese momento alguien comenzó a teclear una melodía. Eran inconfundiblemente las notas de un nocturno de Chopin. Tanto mi hija como yo nos levantamos bruscamente y vivamente impresionados. Sin lugar a duda las notas de piano partían del salón. Mariví me dijo después que por un instante pensó que su hermana había regresado y trataba de darnos una sorpresa. Ambos nos precipitamos al salón. El piano permanecía con su tapa cerrada y la melodía dejó de escucharse. Una corazonada hizo que me precipitase al teléfono. Puse una conferencia a la residencia donde pernoctaba Merche. Cuando me identifiqué preguntando nervioso qué le había ocurrido a mi hija, noté que alguien cuchicheaba junto al aparato; finalmente, se puso la directora. Estaba confusa. Nada más ponerse me preguntó que "cómo me había enterado". Luego me aclaró: "Mercedes se había resbalado en el cuarto de baño y al caer se produjo una grave herida en la cabeza perdiendo el conocimiento. En esos momentos estaba siendo sometida a una cura de urgencia." Afortunadamente, mi hija sobrevivió al accidente, pero aquello dejó una profunda huella en nuestras vidas.»