Magia y terror de las psicofonías

En principio no concebía qué clase de peligro amenazaba a la niña. Ésta correteaba por el jardín y por un momento se preguntó si tal riesgo pudiera proceder de algún perro rabioso. Cavilando este extremo se hallaba cuando la voz reiteró su advertencia. Angustiada, envió a una sirvienta para que fuera inmediatamente a recogerla. La pequeña estaba jugando a unos tres metros de una vía de ferrocarril. Una cerca de tela metálica impedía que ella pudiera acercarse hasta allí, pero la empleada recogió a la niña, según las instrucciones de su señora. No había transcurrido una hora cuando se oyó un horrible estrépito. Un tren descarriló precisamente en aquel área y alguno de los vagones se precipitaron por el terraplén, destruyendo un gran tramo del vallado que separaba el jardín de la línea.
Don Javier S. nos relataba así su experiencia, que transcribimos de una cinta grabador de sonidoica: «Yo me había quedado viudo en el 52 y residía en Alicante con mis dos hijas: Mercedes y María Victoria. En noviembre del 70, me acordaré siempre, Merche tuvo que desplazarse a Madrid para un asunto de sus oposiciones. Ella había estudiado en el conservatorio y era la única que tocaba el piano que teníamos en el salón. Aquella mañana nos encontrábamos Mariví y yo desayunando en el cuartito anejo a la cocina. Yo estaba apurando impaciente la taza de café, pues se me había hecho tarde. En ese momento alguien comenzó a teclear una melodía. Eran inconfundiblemente las notas de un nocturno de Chopin. Tanto mi hija como yo nos levantamos bruscamente y vivamente impresionados. Sin lugar a duda las notas de piano partían del salón. Mariví me dijo después que por un instante pensó que su hermana había regresado y trataba de darnos una sorpresa. Ambos nos precipitamos al salón. El piano permanecía con su tapa cerrada y la melodía dejó de escucharse. Una corazonada hizo que me precipitase al teléfono. Puse una conferencia a la residencia donde pernoctaba Merche. Cuando me identifiqué preguntando nervioso qué le había ocurrido a mi hija, noté que alguien cuchicheaba junto al aparato; finalmente, se puso la directora. Estaba confusa. Nada más ponerse me preguntó que "cómo me había enterado". Luego me aclaró: "Mercedes se había resbalado en el cuarto de baño y al caer se produjo una grave herida en la cabeza perdiendo el conocimiento. En esos momentos estaba siendo sometida a una cura de urgencia." Afortunadamente, mi hija sobrevivió al accidente, pero aquello dejó una profunda huella en nuestras vidas.»
Un papagayo en trance
Nos referiremos ahora a un pequeño periquito, propiedad de la familia Damáros que residía en Hamburgo.
En diciembre de 1970 el matrimonio decidió regalar a su pequeña hija Bárbara este pajarillo. Un año después la niña, que contaba catorce años, falleció debido a un trastorno uterino. A los pocos meses de esta desgracia, se encontraban los padres de la infortunada adolescente almorzando cuando Butchi, como nominaban al ave, dijo en perfecto alemán: «Ich bin Bárbara» (Soy Bárbara).
Pasado el asombro de los primeros días, el periquito añadió nuevas frases. A su identificación con la personalidad de Bárbara, seguían comentarios sobre su estado: «Me encuentro muy bien: soy completamente feliz.» En una ocasión apunta incluso haber visto al gran genio Goethe y formula predicciones acerca de un inminente accidente de su abuelita y el fallecimiento de una de sus más queridas amigas en vida.