En los límites de la muerte
Los espíritus son seres inteligentes de la Creación. Pueblan el universo fuera del mundo material siendo no inmateriales, sino incorporales. A veces conviven, según su grado de perfección, en planetas cuya forma de vida es parecida a la nuestra. Se encuentran en todas partes, formando a nuestro alrededor toda una población invisible. Emplean tiempo al desplazarse, a pesar de que se mueven a la velocidad del pensamiento. No pueden dividirse y no tienen obstáculos. El espíritu está envuelto por el periespíritu, para poder sostenerse en la atmósfera y trasladarse. Al pasar de uno a otro mundo se cambia de periespíritu; este hecho depende del fluido universal de cada mundo, y quizá por ello tenga el espíritu que cambiar de envoltura como nosotros de vestido. Siendo que la envoltura semimaterial del espíritu toma formas diferentes, éste puede ser perceptible.
Los espíritus se pueden dividir en tres grandes grupos:
1. Espíritus puros, que son los que han llegado a la perfección.
2. Los que están a la mitad de su camino hacia la perfección, y se preocupan por la consecución del bien.
3. Espíritus imperfectos, que se caracterizan por la ignorancia, el deseo del mal y todos los defectos y pasiones que retardan su propio progreso.
A su vez esta división nos llevaría a los diferentes tipos de comunicaciones de los espíritus buenos o malos, que serían:
a) Groseras: Las que se traducen por expresiones que hieren la decencia; no pueden emanar sino de espíritus de baja clase, manchados todavía con todas las impurezas de la materia.
b) Frivolas: Las que emanan de espíritus ligeros, burlones y traviesos, más maliciosos que malvados, y que no dan ninguna importancia a lo que dicen.
c) Formales: Son graves en cuanto al objeto y la manera como se dan. Tienen un fin útil, pero no por esto están siempre exentos de errores. Es preciso, pues, distinguir las comunicaciones verdaderamente formales de las falsamente formales. Por eso los espíritus verdaderamente superiores nos aconsejan sin cesar que sometamos todas las comunicaciones al examen de la razón y de la más severa lógica.
Para Kardec y sus secuaces, en suma, este mundo y cualquier otro mundo no es más que un variopinto magma de espíritus que pugnan por comunicarse con nosotros. Atrapado en esta inasible maraña, de donde parecen proceder todos los bienes y todos los males, el ser humano necesitaría de la constante ayuda de ios médiums para que su propio espíritu encarnado no naufragase en un mar de confusiones. De ahí la constante presencia de estos mediadores, asombrosos personajes que, como veremos son capaces de generar toda clase de fenómenos inexplicables, tanto si comulgan o no con la doctrina espiritista.
Para Allan Kardec, padre del espiritismo moderno, existe un «Fluido Universal» por medio del cual los seres humanos pueden entrar en contacto con entidades desencarnadas.




