Una batalla sobre el tablero

Este es un tema que presenta numerosos vínculos con el simbolismo del combate, si bien está expresado sobre un plano figurado y no sangriento. Nos referimos al juego del ajedrez, cuya historia es muy antigua y está basada en una evidente matriz bélica.
Los juegos, casi todos los juegos, tienen algo de esotérico, particularidad que procede del hecho de que para participar es necesario conocer unas reglas. Además, cuando se está dentro del perímetro lúdico, desaparecen las leyes cotidianas y emerge un mundo a menudo opuesto al real.
Algunos juegos son más «esotéricos» que otros, debido a su historia y, sobre todo, a los aspectos simbólicos que se les han atribuido.
Entre estos juegos, en cierto modo privilegiados, el ajedrez ocupa un lugar de lo más original. Estructurado en un tablero compuesto por sesenta y cuatro casillas, blancas y negras, sobre el que se desplazan dieciséis figurillas por jugador, el ajedrez responde a un mecanismo en que claros y oscuros chocan según unas reglas bien definidas y bien estructuradas, que dan la impresión de crear un juego difícil. Ahora bien, la dificultad no radica en las reglas, sino más bien en la estrategia, que se asemeja, en ocasiones, a la de una verdadera guerra. Por esta razón a menudo al jugador de ajedrez se le envuelve en un halo de misterio. Recordemos, por ejemplo, la emblemática partida de ajedrez que constituye el leitmotiv de la película El séptimo sello de Ingmar Bergman en la que un caballero se juega la vida contra un adversario invencible: la Muerte.
Uno de los aspectos esotéricos más significativos del ajedrez lo constituye la alternancia del blanco y el negro, como el suelo del templo masónico, que pone continuamente en contraste luz y oscuridad, bien y mal.
El simbolismo del ajedrez
Las 64 casillas del tablero de ajedrez son un múltiplo de 8; esta cifra no es casual, ya que en numerosas tradiciones el 8 se considera la cifra del equilibrio cósmico, la cifra de la rosa de los vientos, que expresa el aspecto simbólico, que se convierte en la expresión de Todo. En la tradición oriental, esta cifra ocupa un lugar importante: 8 es el número de brazos de Visnú y 8 son las formas bajo las cuales aparecía Shiva.
El octavo día es el de la Resurrección, el del retorno a la vida; y, de manera emblemática, el baptisterio posee 8 lados, signo claro del concepto de vida eterna que encuentra su origen en el bautizo.
También son 8 las linga de los templos de Angkor, los radios de las ruedas céltica y budista, los pétalos del loto y los ángeles portadores del trono celestial.
En la arquitectura religiosa cristiana, la cifra 8 no aparece sólo en los baptisterios, sino también en el trazado del plan octogonal del crucero de numerosas iglesias, donde expresa, una vez más, el papel simbólico atribuido al edificio dedicado al rito del bautismo.
Los 8 radios de la rueda, presentes en las tradiciones orientales, están también relacionados con la figura de la esvástica, que se acompaña de un significado simbólico propiciatorio de suma importancia y cuyo origen se encuentra en la antigua civilización del Indo. Allí era considerada un símbolo solar relacionado con el dios Visnú.
El 64, según el libro-oráculo, el Yijing (Libro de las mutaciones), simboliza la totalidad; además, los 64 cuadros del Vastu-Purusa-Mandala eran el modelo básico de la construcción de las ciudades. En efecto, la retícula ortogonal, cuadrada o rectangular se halla en el origen de numerosos planos urbanos; sólo en las regiones mediterráneas, encontramos lugares estructurados según este modelo como, por ejemplo, Tell-el-Amarna (Egipto), Rodas y El Píreo; no podemos olvidar tampoco los centros urbanos surgidos del dominio militar romano (castrum) y los hallazgos renacentistas y barrocos destinados a otorgar una dimensión a la «ciudad ideal».
Los esoteristas modernos reconocen, en la pieza que representa al rey, el símbolo del espíritu; en la de la reina, el del alma; la razón y la deducción, en cambio, son prerrogativa de los alfiles; los caballos simbolizan la intuición; las torres, la voluntad, y los peones, los movimientos del pensamiento.
En realidad, jugar al ajedrez, incluso para el jugador menos experimentado, puede representar una operación que simbólicamente evoque el recurso a un universo todavía desconocido, donde siempre haya algo que no se ha dicho, algo desconocido e imponderable. Tal vez sea en ese halo «inquietante» donde residan los aspectos esotéricos del ajedrez. Este tablero por su forma, presenta una reactivación del dinamismo de interpretación de dos elementos repetidos y opuestos que constituyen la trama dualista de todo tablero. Cabe destacar que la vestimenta de los Arlequines (divinidades ctónicas) coincide exactamente con los cuadros y los losanges, lo cual confirma, sin lugar a dudas, la relación con el tablero y las divinidades del destino.

 

Hechizos y brujerías

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