La Puerta mágica se caracteriza por toda una serie de signos y escrituras cuyo significado es aparentemente misterioso: para descifrar su contenido, hay que ser un excelente conocedor del lenguaje esotérico.
El interés del marqués por esta ciencia no era un misterio para nadie: en 1656, el noble romano escribió una obra esotérica, La mentira, en la que reunió toda una serie de mensajes simbólicos elaborados a partir de los análisis hechos desde su más tierna edad.
La tradición antigua, confortada por las más recientes investigaciones histo-riográficas, ponía en correlación los grabados de la Puerta mágica con la visita de un misterioso «peregrino» que, hacia 1680, encontró a Palombara y realizó en su laboratorio la transmutación del plomo en oro. En aquella ocasión, el marqués mandó grabar «en la pequeña puerta de la calle, frente a San Eusebio» los signos enigmáticos que el «peregrino» le designó y en los que estaría contenido el secreto de la ciencia alquímica.
En realidad, resulta difícil establecer cómo se desarrollaron los hechos, pero, gracias a la gran cantidad de información que poseemos sobre la vida de Palombara, hemos de constatar necesariamente que toda la historia entra en el marco de la experiencia hermética del marqués. En cualquier caso, es probable que la figura del «peregrino» fuese una invención literaria, creada con el fin de canalizar los conocimientos esotéricos del autor, desarrollados durante varios años de estudio.
El templo de jerusalén
La construcción del templo de Jerusalén, dedicado al dios hebreo nacional, se inició alrededor del año 970 a. de C, y los trabajos duraron siete años. El templo, dirigido hacia oriente, se erguía sobre la colina de Moria y estaba constituido por tres espacios: el vestíbulo, la sala y el sanctasanctórum. El vestíbulo acogía la cantina, el altar para los aromas y los diez candelabros de oro. En el sanctasanctórum, la parte más oculta del templo, se hallaba el arca de la alianza, a la que sólo el sumo sacerdote tenía acceso una vez al año (el día del Kippur). El templo de Jerusalén fue reformado y saqueado en varias ocasiones; en el año 587 a. de C. quedó reducido a escombros a causa de la destrucción de la ciudad por parte de las tropas de Nabucodònosor, pero fue reconstruido al regresar los judíos del exilio en el año 51 ó a. de C. Con la llegada del rey seleúcida Antioco IV, el templo, en el que ya no quedaba ni rastro del arca de la alianza, fue transformado y dedicado al culto de Zeus. En el año 165 a. de C, fue purificado y consagrado por Judas Macabeo, y luego, aproximadamente un siglo más tarde, en el año 63 a. de C, fue de nuevo profanado y dañado por Pompeyo. En el año 19 a. de C, Herodes el Grande empezó la construcción de una nueva versión del edificio, que tuvo como resultado una obra de gran belleza. Cuando los romanos se hicieron con Jerusalén (año 70), el templo fue incendiado al mismo tiempo que la ciudad. Los restos de la construcción de Herodes constituyen el actual Muro de las Lamentaciones.



