Nacido en una humilde familia de artesanos, Gaudi estudió en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, hasta el año 1878. Empezó entonces un crescendo de proyectos y obras en los que los edificios se transformaban en algo «vivo», mientras que la forma parecía desmaterializarse, convirtiéndose en una especie de producto casi magmàtico en que todo parecía cambiar continuamente como en un proceso alquímico.
El mundo de Gaudi está hecho de «piedras vivas»: masas en oscilación continua entre pasado y futuro, presencias recubiertas de una fe profunda, simbólicamente expresada por la altura de sus vertiginosos edificios.
«La inteligencia del hombre —decía Gaudi— sólo puede expresarse en el plano y en dos dimensiones: resuelve ecuaciones con una incógnita, de primer grado. La inteligencia angélica es en tres dimensiones, y se despliega directamente por el espacio».
Sus construcciones son una fusión entre el gótico y el modernismo. Suelen ser, por lo general, lugares habitados, pero el carácter de vivienda es más una circunstancia que su vocación primera. Y es que el conjunto se estructura alrededor de un delirio ornamental que alcanza, en la mayoría de los casos, un hermetismo impenetrable cuyas soluciones no son fáciles de hallar para quienes desean superar la apariencia.
El esoterismo de Gaudi, sin embargo, mira hacia lo sagrado: el edificio gaudi -niano desea ardientemente una ascensión mediante una orquestación de símbolos y alegorías que se mezclan sin solución de continuidad, pero con una fuerza que arrastra que no puede más que sorprender, incluso al profano.
La vertiente esotérica de Gaudi se manifiesta también en la ausencia de escritos del maestro. No publicó artículos ni libros, no elaboró ningún manifiesto ni dio ninguna conferencia. Todos sus conocimientos, pero sobre todo su poética, fueron transmitidos oralmente y recogidos sólo por algunos adeptos.
Y de este modo, detrás de las casas que se antropomorfosean y toman vida, como la Casa Batlló de Barcelona, o de los espacios que se convierten en una especie de tierra del medio entre el mundo de los seres humanos y el de los mitos, se halla en su obra la voluntad de poner de relieve el concepto de que el inmueble en sí puede transformarse en una especie de libro, pero sólo en sus partes más profundas y poco accesibles.
En este comportamiento artístico puede verse un retorno de los arquitectos medievales que, en el conjunto decorativo de sus catedrales, insertaron símbolos y alusiones a mundos fuera de la dimensión humana. «La historia de la arquitectura es la historia de la Iglesia», afirmaba Gaudi, desvelando así que su esfuerzo creativo estaba orientado hacia una celebración de lo absoluto. Esto resulta evidente en la Sagrada Familia de Barcelona, una construcción (inacabada) que sería reductor definir como iglesia. El inmenso templo, en efecto, marca la apoteosis del lenguaje hermético del arquitecto catalán: torres que transforman la piedra en representaciones vegetales, divinidades y figuras míticas que salen de la materia para convertirse en portadoras del Verbo…
No obstante, sea cual sea el movimiento intrínseco que confiere esta vitalidad a las construcciones de Gaudi, no conseguimos descubrirlo realmente. Alguien ha declarado que los arquitectos quieren vivir después de su muerte: el maestro catalán lo ha conseguido, dejando tras de sí un mundo inorgánico, una arquitectura que se transforma en una especie de bosque en el que es fácil entrar. Pero al adentrarse en estos senderos desconocidos se pierde fácilmente el camino principal. Vías esotéricas gracias a las cuales el ser humano puede captar el sentido oculto de lo sagrado narrado por los símbolos y accesible sólo a los más atentos de nosotros…



