Al caer la noche, regreso a mi casa y entro en mi despacho; en el umbral, me quito mi ropa de cada día, llena de lodo y tierra, y me visto con mi ropa real y solemne, y, así vestido, entro en los patios antiguos de los hombres antiguos [...] y, durante cuatro horas, no tengo ninguna preocupación; olvido toda ansiedad, no temo a la pobreza, no me dejo atemorizar por la muerte; me desplazo totalmente en ellos.
El gabinete de trabajo era una estancia dedicada principalmente a actividades como la lectura y la escritura, pero que, debido a su ubicación aislada y a su entorno, solía estar sumida en un ambiente esotérico.
Normalmente, este lugar estaba decorado con figuras alegóricas variadas, de modo que se estructuraban a lo largo de un recorrido simbólico que conservaba significados poco comprensibles. El recurso a personajes de la mitología clásica era frecuente, y respondía, en este exiguo espacio, a la interpretación intelectual que el propietario confería a su trabajo y a sus meditaciones.
Los libros hacían que el gabinete de trabajo fuese todavía más esotérico, así como los manuscritos y, sobre todo, las pinturas y la gran cantidad de objetos «raros».
Instrumentos científicos y fósiles hallados en excavaciones arqueológicas y zoológicas constituían el núcleo de la imagen esotérica del gabinete de trabajo, que, a partir de finales del siglo XVI, se transformaría en Wunderkammer, gabinete de las maravillas, que, entre seudociencia y pasión por lo insólito y lo exótico, puede ser considerado como el más arcaico de los modelos de exposiciones a partir del cual se ha desarrollado el museo moderno de ciencias naturales.



