El choque ontologico entre estos dos puntos de vista parece irreconciliable y, desde siempre, ha colocado a los partidarios de las distintas ópticas interpretativas en planos destinados a no encontrarse nunca.
Para comprender el notable valor esotérico de la naturaleza, en particular en algunas de sus manifestaciones y características, basta con considerar su peso simbólico dentro de las religiones.
En efecto, ya durante la prehistoria algunos fenómenos naturales como la luz y
el calor del sol, los ciclos de las estaciones, el rayo y algunas particularidades del entorno destinadas a alimentar las imágenes del inconsciente se consideraron portadores de significaciones no humanas y comprensibles sólo por quienes conocían la lengua de la divinidad (esotérica).
Los esoteristas, a través de los símbolos de las religiones y con el fin de descubrir los vínculos entre microcosmos y macrocosmos (y, por tanto, entre el ser humano y el universo), han podido poner de relieve que la naturaleza también puede estar provista de un lenguaje hermético propio con influencias no sólo en las mitologías y las religiones, sino en toda una cultura humana, ofreciendo en algunos casos una doble lectura de los fenómenos naturales.
Por ejemplo, junto a la apariencia de una montaña, de una fuente o de un bosque, con todas las alusiones que estos temas pueden determinar en el espíritu, se halla un contenido más profundo, hermético, que remite a un lenguaje común, compartido por quienes han convertido el símbolo en una herramienta principal de comunicación.



