Los tinguiritas
Probablemente "importados" por alguna inmigración centroeuropea, por cierto los tinguiritas han sentado sus reales en la parte más mediterránea de la Argentina, en una zona que abarca entre los ríos Tercero y Carcarañá por el norte, hasta los actuales departamentos de Conhelo y Quemú Quemú en la provincia de La Pampa, y desde las Sierras de los Comechingones desde el oeste, hasta los límites con Santa Fe y Buenos Aires por el este.
Acorde con su presunta procedencia germánica o nórdica, y a diferencia de la gran mayoría de los duendes y seres mágicos argentinos, los tinguiritas son amistosos con los humanos, aunque no desdeñan jugarles alguna mala pasada de tanto en tanto, especialmente si el destinatario se la merece.
Acerca de su apariencia, las leyendas de la región (en este caso la versión de un anciano narrador de "sucedidos" de la localidad de Los Jagüeles) afirman que:
Los tinguiritas son los hijos de la Tierra y, como tales, cuidan sus tesoros más valiosos como ser el agua de las profundidades de las rocas, que purifican antes de dejarla salir a la superficie, y las gemas y metales preciosos, que dosifican con cuidado antes de permitir que los humanos los encuentren.
También son los guardianes de los animales y las plantas; cuidan a los pichones cuando los padres salen a buscar comida, esconden a las lagartijas de las gomeras de los gurises y curan a cualquier bicho que se haya lastimado.
-¿Y cómo son a la vista, don Anselmo? Porque yo no he visto nunca ninguno-, interrumpió con una sonrisa socarrona uno de esos incrédulos que nunca faltan.
-No me extraña, porque sólo se dejan ver por la gente buena -continuó el narrador, sin inmutarse-. Son como todos nosotros sólo que de un altor como de unos cinco palmos, y salen principalmente de noche, a hacerles bromas a los cristianos, a cantar, a bailar y a arreglar algunas de las barrabasadas que los hombres solemos hacer durante el día.
-¿Y la ropa, don Anselmo? -preguntó otro, esta vez sinceramente interesado.
-En verano suelen andar casi sin nada, pero con los fríos las mujeres se ponen unas faldas largas hasta los pies, blusas holgadas y un pañuelo cubriéndole la cabeza, y los hombres usan amplios pantalones de piel de cerdo o chivo, holgadas chaquetas azules ceñidas por un ancho cinturón con una gran hebilla, y un gorro rojo en punta, como los antiguos mazorqueros, a veces caídos sobre una oreja.



