Los folletti
En realidad, el término folleto (folletti en plural) significa, literalmente, "duende" o "diablillo" y, si bien se los considera originarios de la Península Itálica, el nombre se ha extendido a muchos países, incluyendo Francia, España, Suiza, Bélgica, Austria, los países balcánicos y, sobre todo, las islas del Tirreno y el Mediterráneo. También se dice que los folletti son hijos del casamiento entre los silvani, los duendes protectores de los bosques, y las aguane, guardianas de los ríos y los arroyos. Los nombres follet y su plural follets han surgido posteriormente y son adaptaciones a la fonética de otros países europeos.
Tanto por su apariencia como por su conducta, los folletti se asemejan a niños pequeños provistos de gráciles alas sutiles y transparentes, con las que permanecen en continuo movimiento, razón por la cual Dante Alighieri los bautizó farfarelli, que en italiano significa "mariposa", ya que pocas veces se los ha visto posados en tierra, sino revoloteando entre las flores o descansando sobre algún brote tierno.
Su estatura no sobrepasa los 35 cm de altura, y algunos de ellos poseen patas y pies de chivo, y lucen pequeños cuernillos que brotan de sus sienes, a la manera de los sátiros del dios Pan, aunque con costumbres menos lascivas y licenciosas.
Las primeras representaciones de los follettí, allá por el siglo XI o XII, los mencionan como pequeños enanos de color verdoso, vestidos con trajes de bufones medievales, con gorros orlados de cascabeles y espadas tan diminutas que pueden pasar por agujas.
Los folletti suelen mostrarse amistosos con los humanos, pero al mismo tiempo pueden ser muy traviesos y hasta molestos y mal intencionados. A pesar de su mentalidad infantil, están muy interesados por los temas sexuales, y sus poderes mágicos les permiten travesuras de carácter erótico, desde pellizcar y tocar a las mujeres sin ser vistos hasta, en ocasiones, raptarlas y violarlas.
A diferencia de otros duendes, que pueden ser ahuyentados por diversos medios, los folletti no reconocen nada como sagrado, y sólo pueden (algunas veces) ser exorcizados mediante un cuchillo de empuñadura recta como una cruz. Un códice fechado en el Piamonte en el siglo VI narra la historia de una mujer que habiéndose comido un bizcocho obsequiado en la calle por un desconocido, fue desvelada por una voz extraña y sibilante que le musitaba al oído:
—Vamos, dame un beso. Sólo un besito pequeñito y te dejaré en paz hasta mañana.
Asustada, la mujer encendió un candil y miró a su alrededor, pero no pudo ver nada extraño; no obstante, al volver a apagarla, sintió la presión de unos labios sobre los suyos pero, al tratar de apartarlos, sus manos sólo agitaban el aire.
A la noche siguiente, la situación se puso aún peor. El folletto perseveraba en sus intenciones de seducirla, acariciándole los lóbulos de las orejas y amenazándola con los peores tormentos si no se rendía a sus designios.
Ni la intervención de los clérigos con sus bendiciones, exorcismos, agua bendita y oraciones parecían dar resultado alguno, excepto exacerbar el ímpetu del folletto, hasta que una noche en que el duende los emparedó a ella y a su esposo, junto con la cama, mientras dormían, -situación de la que pudieron zafar sólo porque al despertar el cemento aún estaba fresco-, el marido decidió tomar el toro por las astas.
A la noche siguiente colocó bajo las mantas, de su lado de la cama, unas almohadas, y él se escondió en un armario, esperando la llegada del molesto ser. Y al escuchar que su mujer se agitaba, debatiéndose en sueños con el duende, encendió repentinamente las luces y se presentó frente al engendro -que aquella vez se había manifestado como un joven rubio, de seductores ojos verdes y correctamente vestido- blandiendo un puñal de empuñadura recta y lo tocó con él justo en medio de los ojos.
El resultado fue instantáneo: el duende lanzó una exclamación indescriptible y desapareció de inmediato, seguramente en busca de otra víctima con menos escrúpulos.




