La magia ha existido desde siempre en todos los rincones del mundo. Incluso en las sociedades más civilizadas, ritos, conjuros, hechizos y sortilegios están a la orden del día. En la tierra entera domina la energía cósmica del universo mágico que, prescindiendo de usos y civilizaciones diversas, actúa en todas partes del mismo modo.
Son precisamente esta constante eficacia y esta extraordinaria semejanza de los ritos las que proporcionan la prueba más evidente de la realidad de la magia. Esta no se trata de un fenómeno aislado, de la creación mental de un pueblo en particular más «supersticioso» que los demás: es una realidad que domina a todo el cosmos y con él a nosotros, pequeños hombres de la tierra.
Voy a referir algunas experiencias singulares vividas por mí durante un viaie a África, experiencias que ofrecen un ejemplo significativo de la universalidad de la magia.
Durante una comida oficial en una embajada, tuve ocasión de observar el «extraño» comportamiento de uno de los comensales.
Antes de empezar a comer, sacó del bolsillo de la chaqueta una estatuilla de madera, y la puso sobre la mesa, junto al vaso.
Intrigada ante aquel comportamiento tan insólito, le pregunté el motivo del mismo.
El hombre, ingenuamente, respondió que la estatuilla representaba a su gemelo. Como quería saber más, continué la conversación sobre el tema. Vine a saber que las costumbres del Be-nin, país del cual era originario el hombre, imponen a todos aquellos que han nacido de parto gemelar el llevar consigo el simulacro de su propio gemelo, tanto si está muerto como si está vivo. Aquel que no obedece este precepto irá al encuentro de graves desgracias. Y a este propósito, me relató lo que le había sucedido a una compatriota suya:
«Una joven pareja se había trasladado a Francia y la mujer, que era gemela, había llevado consigo la estatuilla simulacro.
El marido, que no soportaba estas herencias supersticiosas, a hurtadillas, arrojó la estatuilla al Sena.
Desde aquel día las cosas en el hogar no fueron muy bien: era un cúmulo de desdichas que se seguían unas a las otras. La mujer pensó que semejante situación había tenido lugar a consecuencia de la desaparición del «gemelo». Convencida de ser víctima de un hechizo regresó a su país de origen con objeto de pedir ayuda al hechicero de la aldea.
Al quejarse a éste, fue literalmente agredida: el brujo la acusó de no haber respetado los preceptos mágicos, habiendo descuidado el llevar consigo la estatuilla. La pobrecilla trató de excusarse diciendo haberla olvidado en París, pero, oh maravilla, con suma contrariedad por parte de la mujer, el hechicero le puso ante sus propios ojos la estatuilla de su pertenencia que había sido pescada en el océano por el padre de la muchacha, pescador.»
¡Pensad el camino que había recorrido aquel pedazo de madera!
Obviamente las desdichas terminaron y desde aquel día la mujer no volvió a olvidarse de llevar con ella el simulacro.
Mi interlocutor era una persona muy amable y, al ver mi interés por todo aquello que estaba relacionado con lo oculto, me puso en contacto con algunos hechiceros, que me describieron algunas de sus prácticas mágicas.
Los Abaheretsi y los Abakaegizi tienen la especialidad de llevar a cabo trampas mágicas. Sepultan bajo tierra en un campo
o en una plantación de bananas, un objeto que en términos mágicos se llama Ikinani, lo cual significa «obstáculo».
Este objeto puede ser la piedra con que se tritura el grano, la piedra para afilar los cuchillos, o bien la espátula de madera con que el ama de casa da vueltas a la pasta en la olla. ¡Maldición a aquel que quiera saquear el terreno así hechizado! Reducido inmediatamente a la impotencia, quedará inmovilizado en el lugar y contraerá una enfermedad que no tardará en conducirle a la tumba. Únicamente el hechicero que puso la trampa podrá liberarle. Estos brujos están especializados también en arrojar maleficios dirigidos a las personas.
Los Abatezi están especializados en castigar a los ladrones. Cuando un individuo va al hechicero lamentándose de que un fulano le ha robado una oveja, pide al mago que encuentre al culpable.
El hechicero suspende del techo de su cabana una vejiga de cabra, hinchada de aire (preferiblemente dicha vejiga deberá haber sido llevada por el cliente). Con un golpe de lanza corta la cuerda. Si la vejiga revienta cayendo, también reventará el ladrón. Si por el contrario el cliente quiere ser clemente y no desea la muerte del ladrón, pide al hechicero que haga pequeños cortes en la vejiga. De esta manera, el ladrón sufrirá sólo una enfermedad, u otras molestias.
Como se puede ver, no es otra cosa que un tipo de hechizo con fetiche.
Otros hechiceros fabrican un arco en miniatura con un nervio de cadáver humano y un pedazo de madera sacado de la tabla que ha servido para el transporte de un muerto a su sepultura (estas tablas de ordinario son abandonadas cerca de las tumbas). Nuestro hechicero deposita este arco en un hoyo pequeño en el sendero por donde pasará la persona objeto del hechizo. Cuando ésta pase por allí el brujo dirá en voz baja: «Fatwa». El desdichado será atacado de violentos dolores de vientre. Otros sepultarán una cruz de madera cortada en varios puntos con un cuchillo. Los resultados serán los mismos.
En la región de Ndorwa, los hechiceros venden un polvo mágico: bastará con incrustarse un poco bajo las uñas para hechizar a aquel a quien se estreche la mano.
Hay otro polvo que sirve para atraer infaliblemente el amor de una mujer.
En los alrededores de Byumba hay hechiceros que practican sus hechizos sirviéndose de un pollo. El cliente trata de procurarse un poco de saliva de su enemigo y la lleva al brujo, éste introduce la saliva en el pico del pollo que sostienen en una mano. Pide entonces al animal que haga porque sus entrañas se vuelvan negras, o sea que la respuesta sea desfavorable. El hechicero abre el vientre del animal y examina con cuidado las entrañas. Si éstas están ennegrecidas, envuelve al gallo en una hoja de banana; hace un paquete con otras hojas y pone en el conjunto una mezcla de hierbas mágicas. Después de esto lo sepulta todo en el camino que lleva a la casa de la persona que ha de ser embrujada, tomando la precaución de poner el pico del animal en dirección a la misma.
Al cabo de algunos días el infeliz será alcanzado por graves malestares físicos. Realizado el rito, el hechicero se lava cuidadosamente las manos con agua caliente, pues de otro modo corre el riesgo de morir. ¡Ay de la mujer que, por error, le presente agua fría: el brujo, preso de ira, podría hasta matarla! También en este país he verificado el fenómeno del mal de ojo; fenómeno que consideraba típico del área europea.
Los Abacuraguzi constituyen una categoría de hechiceros especializados en este campo y equivalen a nuestras personas de mal agüero.
Estas personas, cuando deben operar el mal de ojo, ejecutan de noche una danza macabra ataviadas de modo folklórico. Sostienen en una mano una tibia o un peroné, y en la otra un cráneo humano o una calabaza pequeña llena de brasas ardientes que simbolizan la vida de la persona que ha de ser alcanzada. De vez en cuando quitan la tapadera de la calabaza y la brasa ardiente lanza luminosos resplandores en la noche. Llegados ante la casa de la persona a la que van a aojar esparcen las brasas por el suelo, y después arrojan hacia la cabana del desdicha do un puñado de tierra cogido de una tumba diciendo la frase siguiente:
«No quiero tus guisantes ni tus remolachas, lo que quiero es tu vida.»
Los efectos de esta maldición no tardarán en hacerse notar.
Algunos hechiceros aplican métodos semejantes incluso a los que podemos encontrar en nuestra civilización, de hecho los medios usados son frecuentemente los cabellos de los individuos que han de ser alcanzados.
El hechicero toma los cabellos y un puñado de hierbas traídas deUuelo donde las personas a hechizar suelen sentarse. Con estos dos elementos, el brujo forma una pequeña trenza; mientras esta trenza permanezca anudada la mujer de la víctima no podrá tener hijos.
Algunos aseguran que a los hechiceros les basta solamente con rozar los tobillos de una mujer para conseguir que ésta se vuelva estéril, o que muera durante el parto.
Otra categoría está constituida por aquellos que están especializados en arrojar maldiciones, estos prestan sus servicios mediante pago.
He querido extenderme al describir a los distintos hechiceros para demostrar que efectivamente «en todas partes cuecen habas» y cómo en el campo de la magia se pueden encontrar, incluso a grandes distancias, usos y costumbres similares, dictados por una igual fe e iguales experiencias.

