Haciendo un pequeño ejercicio de imaginación y visualizando la vida como si de un sendero se tratara, resultaría curioso comprobar que los nativos de Tauro se pasean por un bello paisaje florido, de suaves pendientes y bajadas desde el cual se puede disfrutar de los detalles que reflejan uno y cada uno de los productos que ofrece la madre Tierra. En el caso de Capricornio, su sendero no cesa de subir y subir. Su vida, por lo menos desde su propia óptica, es una incesante ascensión que conduce al nativo hasta la cota más alta que un ser humano es capaz de alcanzar sin dejar en ningún momento de posar sus pies sobre tierra firme. No es difícil de imaginar el esfuerzo que acompaña esta panorámica, ni tampoco que se espere que al final del camino se encuentre el gran premio de la montaña que por fin permita al nativo saborear los placeres más selectos y jugosos de triunfo. Es muy comprensible que, a cada escalón, el nativo de Capricornio se asegure de no retroceder.
La ambición es pues la compulsión natural que mueve a Capricornio. Todo el que ha subido alguna vez a una montaña bien conoce la fuerza que genera el simple pensamiento de la coronación, y también la desilusión y la desazón que produce encontrar al otro lado una cota aún mayor. No queda la menor duda de que la vida nos presenta siempre un desafío que en el caso de Capricornio es el de lograr alcanzar el mayor prestigio, poder y honor que sea posible. Digamos, pues, que esta es la experiencia que todo Capricornio tiene que vivir en la vida, ya sea en su propia carne o bien proyectada sobre un ser próximo a él como por ejemplo un cónyuge o un hijo cuyo éxito y triunfo social es más que suficiente para el nativo de este signo.
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