Hay miradas que pueden matar
En la Edad Media se acusaba a las brujas, entre otras cosas espantosas, de «echar su mirada» sobre las personas y, en especial, sobre las criaturas de escasos meses, más vulnerables. También se atribuía la muerte del ganado, en ocasiones, a la mirada de los hechiceros. Esta creencia no se perdió jamás. Por el contrario, se ha conservado en numerosos países, lo mismo entre las clases humildes e ignorantes que en los niveles culturales más elevados. Aunque resulte difícil de aceptar, personas dotadas de agudo sentido crítico y ufanas de su escepticismo han venido creyendo en la maldición del mal de ojo (Ver). A la mirada, fiel reflejo del alma, se le atribuye el poder de expresar toda clase de emociones. Con la mirada puede un ser humano dar a conocer sentimientos tan antagónicos como amor, odio, dolor, simpatía, envidia, crueldad o placer. Explica la ciencia que el ojo no es más que un elemento adicional de la expresión facial en general y que los cambios observados en la mirada son solamente una ilusión, porque dependen de las modificaciones musculares de los tejidos vecinos.
En apoyo de su afirmación cita el pliegue mongólico del párpado, tan visible entre los pueblos asiáticos, que da la impresión de estar el globo ocular en posición oblicua, expresando un estado de ánimo. Acepta que el iris del ojo se dilate y contraiga al recibir los rayos luminosos y que, bajo la influencia de una emoción, cambie de color y despida destellos: el globo entero brilla y el iris palidece al grado de no distinguirse a veces del blanco de los ojos. Esto se debe, explica, a la disminución del funcionamiento de las glándulas lacrimales y de la irrigación sanguínea.
Pero lo que el ojo humano no puede hacer, sigue afirmando la ciencia, es emitir un rayo, una onda, una fuerza que penetre en un organismo para provocar lesiones o enfermedades. Sin embargo, algunos autores admiten que existe una energía extraordinaria, un poder mágico e invisible que impulsa a los seres hacia el amor o el odio, hacia la salud o la enfermedad. Es capaz de detener a un ejército y le impide lanzarse al ataque, actúa sobre los animales y los paraliza. Puede llamarse a este poder fascinación, porque actúa por medio de la mirada, por una ojeada que permite tomar posesión de la mente de los demás. Según ellos, este poder se manifiesta por los ojos, por ondas o rayos que alcanzan a los ojos de los demás y que hieren su corazón, porque penetra hasta el alma. Que un par de ojos pueda proyectar un poder misterioso, igual que una linterna emite en torno suyo un haz luminoso, es algo que todavía en nuestros días es aceptado por quienes creen en el mal de ojo. Cuando se pretende discutir con estas personas acerca de la verdad o el error de su creencia, dicen con cierta lógica que nadie puede ver en el interior de una cámara fotográfica y, sin embargo, el objeto ajeno a esa cámara quedará plasmado en una película sensible a la luz.
El temor al mal de ojo estuvo presente, por ejemplo, durante la Primera Guerra Mundial, cuando se dijo que los alemanes poseían un arma secreta, el rayo de la muerte. Un pánico semejante se produjo en el curso del siguiente conflicto. Se creyó entonces que los científicos alemanes habían logrado crear otro rayo que mataba al instante a los soldados que lo mirasen cara a cara. ¿No recuerda este rayo espantoso a la mirada de la Gorgona mitológica, que convertía en piedra a todo aquel que cometiese el error de fijar en ella sus ojos?
Los Aliados realizaron una investigación para descubrir cuanto pudiera haber de cierto en la noticia. Nada encontraron, pero de algo sirvieron sus trabajos: gracias a ellos fue inventado el radar.
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El mal de ojo ha tenido diversas manifestaciones a través de la historia, como el rayo de la muerte, que supuestamente poseían los alemanes en la Primera Guerra Mundial, o el rayo que mataba a quien lo mirase de frente, pero el más efectivo parece haber sido la mirada de la Gorgona mitológica, que convertía en piedra a quien osase posar sus ojos en ella. |
